cuentos, ESPAÑOL, historias de amor, poesía en español, Uncategorized

J


Ella lo encontró una noche de samba y cervezas. Él estaba detrás, ella lo invitó a bailar. Fue un baile suave, entusiasmado, necesitado. Conociéndose entre giros y rebotes, ella agradeció la manifestación inmediata de su deseo. Él recibió el beso, totalmente abierto.  Ambos, de ala rota, fueron a casa de ella. Ahí se sintieron, a cada momento, totalmente abiertos. Él abrió su vulnerabilidad al toque de ella, cambiando su existencia. Y así pasó el tiempo, entregado pero en retroceso, siempre pujado por el miedo. Luego vinieron las palabras y los silencios. Terminó con la promesa y  los posters de Klimt a media noche, en el portón de la casa de ella, como huyendo, como queriendo y no queriendo, mojados, totalmente abiertos.

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Baile del inconsciente


 

Hay una línea que separa un espacio redondo, delineado, como una célula en mitosis. El trazo es infantil, como de mapa antiguo, de arquétipo, de Marsella y de Tarot… Hay una competencia allá abajo. Un ser encogido sobre sí mismo, piernas alzadas, en utérico flote, quiere subir y cruzar la línea. Hay otros intentando también. Allá arriba hay más espacio. Este héroe sube un poco… pero no llega, baja denuevo. La pulsación no es suficiente.

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Escuchar


1:45 de la madrugada. Se levanta a medio vestir. La casa sola. Ella sola. Avanza sintiendo el frescor con la blandura de sus pies. Los pechos libres respiran con ella. Sólo el zumbido de la heladera en la sala. Abre la puerta ancha de madera. Afuera la noche. El silencio. Llama a su gato, cree verlo en la calle, oscuro como la noche. Se asoma afuera y la calle se pierde en despejo. En el cerro de mato una nube llena de agua. Va a volver solo, piensa.

Se sienta en el sofá de afuera. Enciende el tabaco a medio fumar. El viento se levanta, las hojas de los árboles lo siguen en perfecta parcería. Escuchar, shhhuuu, escuchar. El universo trae, es solo escuchar. El grillo en la abacatera. Su gato bajando del tejado. Unas gotas de lluvia. Logra percibir de fondo al mar. Se trata de escuchar, todo es escuchar, esperar, dejar de buscar y aprender a escuchar. Ser en el oído, ser en la paciencia, ser un recipiente, único y fértil. Dejarse llevar como las hojas y el viento, aprender a bailar. El pensamiento la interrumpe…Parar, fumar un poco más y direccionar la atención a la plenitud de escuchar, otra vez más. El universo da cuando eres escuchar.mujer-descalza-furtiva

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El Dios de barba blanca


unknown23:00. Lago en el sur. Una estrellada noche, las piedras redondas y de buen tamaño como arena. Una chica de 13 años trepada en el árbol en que se había encontrado una buena silla. Cabello corto, melena, símbolo de la moda y adolescencia de los años 90. Llevaba una polera negra con algún Lonney Toon en el pecho, también unos shorts mostaza y unas alpargatas. Estaba sola, había una pequeña embarcación. A lo lejos las luces de la casa de los vecinos acomodados que consiguieron comprar terrenos a orillas del lago. Ella era la amiguita invitada. Los sonidos de los niños de su misma edad jugando con el entonces lujoso Nintendo, relajándose después de haber andado en sus motos de tres ruedas por la orilla del lago y de volar en skies de agua. Todos los vecinitos encajando y ella lejos, sola, con una angustia existencial profunda, preguntándole a dios, cabeza alta hacia las estrellas:

-¿Por qué no puedo creer el ti?

Su Dios era ese de barba blanca.

En el colegio, cuando tenía 9 años, ya la habían eximido de la asignatura  de Religión, por entonces obligatoria, (catolicismo la verdad). La razón argumentaba a sus padres por la directora fue que ella incomodó a sus compañeros y a la joven profesora, supuestamente “moderna-abierta-de-mente” con reflexiones escandalosas como: ¿por qué María tenía que haber sido virgen para tener a Jesús?, ¿cómo podía ser? Ella estaba casada con José, debían tener relaciones sexuales, ¿no? ¡Y parece que tenían otros hijos! ¿Acaso no sería digno de Dios darle un hijo pero a través del sexo con José? ¿No sería honrar su creación y su funcionamiento? ¿Dios inventó el sexo para que la vida continúe, no? Vamos, ella creía en el Dios de barba blanca, sólo que no creía en la virginidad de la virgen…

En su cabeza se instalaba con fuerza la observación de que el sexo era malo. El sexo, nuestra génesis, nuestra maldición. Somos seres sexuales, nacemos de uno o más orgasmos y sin embargo lo dejamos en la parte de atrás, lleno de cadenas y trabas, ¿qué nos asusta? Claro que en esa época ella no alcanzaba a dimensionar todo esto, sino mas bien comenzaban a retintinear en su cabeza algunas preguntas.

Un día, en un acto de inclusión, la profesora joven abierta-de-mente, la convidó a participar de una actividad específica, ya que le daba pena verla paseándose sola por el gigante patio del colegio. La niña se paseaba la hora completa como si fuese castigada sin serlo formalmente, excluida, mirando los bichos y pensando en qué fue que erró. La celebración consistía en recrear un banquete tipo “época de Jesús”. El festín incluía cordero, que a ella pareció lo más fascinante saber que era un animal comestible, y lechuga también, pero eran las hojas completas aliñadas con agua y sal, ¡qué cosas más novedosas! Sin quererlo, la profesora le abrió la curiosidad sobre esa cultura, cómo comían y vestían. Aunque quizás la iniciativa de la profesora no era muy estudiada, para ella marcó un antes y un después. Por primera vez se apasionó por la sensación de vivir otras vidas, de conocer, de empatizar, de gustar vestir las ropas de otro.

Mientras fue creciendo, siempre observó a las otras personas y un millón de veces más quiso ser ese otro, otra, estar en otro lugar. Y la angustia existencial creció hasta llenar su pecho adolescente, confuso, excitante y tremendista. Dolores y descubrimientos iban y venían. La vida se le enrostraba poderosa, sin censura, sin super héroes, sin padrinos mágicos ni guardianes.

La chica sentía que la vida se tornaba una montaña en plena tormenta. Sin embargo, un día algo ocurrió: como si fuese un rayito de sol que aparecía después de meses de frío, ese vacío de no tener su Dios de barba blanca se llenó. Así, sin más aconteció. El agujero en su alma se volvió cálido y dentro de este se movía una energía como la marea. Y sin mucho pensar, ni preguntar, solita entendió que aquella fuerza era la Fe. Sí, la Fe con mayúscula, como nombre propio, sustantivo no adjuntado a ninguna figura, a ninguna institución.

Aquella que mueve montañas la llenó de fuerzas para continuar andando. Fue un día extraño, donde sintió por primera vez lo que era una epifanía. Rondaba los 18 años. Ese día despertó su instinto más profundo. Su animalidad. Su loba.

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Recuerdos antiguos 2


 

alamosRecuerdo los 5 álamos gigantes. Nosotros a los pies, sobre una manta. Los volantines enredados. El viento Raco. La casa extraña, la que iba a ser mi casa. La piscina verde de hojas. Los damascos, infinitos damascos. La leche, el jarrón de gruesa leche que explotó al caer del refrigerador. La Mariola limpiando, el intenso olor de la nata. Luego la llegada. Los regadores automáticos. Mi papá organizando el patio, traje de baño, panza afuera. Yo de chalas con mariposita de lado, admirando el jardín. Colas de zorro en la esquina que bautizamos como la islita. Los juegos, las espadas, las pelusas blancas. Los Picapiedras en la televisión. La imagen distorsionada y casi sin color. La percha desarmada haciendo de antena. Los bombazos en los cerros, “los terroristas”. Correr a pie pelado, los damascos entrando entre los dedos, tibios y viscosos. Los perros, siempre muchos perros. El manzano. El patio del costado de la casa, lleno de trapos blancos hervidos. El tábano que me picó, mi grito, mi desesperación y el congelamiento. Mi padre matando al tábano. Ya pasó. Con mi madre en la ducha, se viene el agua hirviendo, mi madre pasándome a mi nana rápidamente, ella se quema, yo no. El loro, le damos pan con vino. La jaula. Él libre en el hombro de mi madre cuando riega. El Miel, el gato que resultó ser una chica. La lectura de mi madre. Con mi hermana en el auto estacionado de mi padre, rolando boletas y encendiéndolas como si fuesen cigarros. Yo rompiendo los puros de mi padre, rogándole que deje de fumar. El olor de los cardenales. La tierra húmeda. Las burbujas sobre la mesa de vidrio de afuera. Los castillos de fantasía hechos de varias de ellas, una dentro y sobre la otra. Yo soplando con el cuerpo del lápiz bic. La baranda de la escalera, nosotros metiendo la cabeza entre los pilares, con miedo a quedar atrapados. Mi papá llegando enojado. Mi hermano molestándome, persiguiéndome, mi papá furioso, mi mamá defendiendo. Nosotros en el living, mi mamá dando portazos, el auto saliendo. El auto llegando y nosotros jugando. La caja de yogurt y flan de mi papá cuando apenas podía tragar. Los asados, Mercedes Sosa, mi papá emocionado. La torta de chocolate y de durazno con crema pastelera. Los vecinos y la familia visitando. Yo con mi mamá en la cama, escondiéndome como si fuese almohada para que mi papá no me viera y me llevara a mi pieza. Mi padre, siempre mi padre. Mi madre cómplice. Mi papá llevándome a mi cama, yo fingiendo estar dormida sobre los brazos de este gigante. Un beso dulce y una cruz en la frente. Se va. La luz se apaga, la oscuridad y los monstruos. Tantos monstruos y mi respiración cortada, congelada, si bajo el pie me atrapan. El camarote, arriba mi hermana, ¡Pulga! ¡Pulga! Al fin el pie de ella asomándose como desde el cielo, baja y me deja en la puerta de la pieza de mi mamá. Yo corro hacia a cama. Me detengo y la miro asustada. Las sombras hacen que se vea deformada, pero es ella y duerme. Despierta y abre la cama. Me acuesto y me refugia la espalda. Alivio profundo. Pero mis ojos me muestran monstruos ahí donde reposan las chaquetas y sombreros. Cierro los ojos. El abrazo apretado de mi madre se ablanda, ella vencida por el sueño. Yo me muevo. Se vuelve a tensar. Mi madre llevándome de nuevo a mi cama. Se acuesta conmigo. Me acaricia la cabeza, me canta la canción de la virgen va caminando o la tarara si, la tarara no, la tarara niña que la quiero yo. Me duermo y se va.

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Recuerdos antiguos


recuerdos_de_infancia

Estar en el moises en alguna casa de Santiago o Mendoza y recibir de regalo un cojín de la cabeza de mini. Los objetos gigantes dentro de la cuna, la habitación semi oscura, una tarde de verano y yo. Luego recuerdo momentos con mi amiga, mi vecina, el agua de la piscina de plástico, el erotismo, mi vientre y el calor. Recuerdo a mi padre. Estar durmiendo en su pecho desnudo en una noche de asado y fuego. La tribu desparramada y yo feliz sintiendo este momento mágico de ser elegida. Recuerdo estar sola en el living, mirando mi vientre de tres o cuatro añitos abultado y creer que por cerrar los ojos por cuatro segundos y abrirlos podría hacer desaparecer esa barriga. Supongo que en ese entonces tenía más claro e integrado que los pensamientos son mágicos. Recuerdo las peponas, muñecas gigantes hechas de trapo. También recuerdo a mi padre silbando, mientras hacíamos algún trámite en la ciudad, yo intentando imitarlo, mirarlo para arriba, las puertas del ascensor se cierran. Él y su maletín. Yo, el silbido y un chicle de fruta. Recuerdo hacer muñecas con las piedras y las hojas de los árboles. Hacer vestidos de princesas sobre el asfalto caliente, nadie en el barrio tenía una Barbie. Recuerdo los gusanos de seda que mi hermano guardaba en una cajita, celoso. Recuerdo los juegos infinitos en las calles. Recuerdo el camión de agua que regaba el alquitrán hirviendo y nosotros corriendo detrás. Recuerdo esa garrapata madre que fue pisada y miles de garrapatitas huyeron despavoridas. El verano, Mendoza, el calor y los contenedores para la basura adaptados para ser piscinas express. Al niño se le toma por los brazos, se le hunde tres o cuatro veces y para afuera, ¡próximo! El libro sobre los pájaros y los dibujitos sobre cómo hacían sus nidos. Yo pasando horas observando cada detalle. El colegio, el frasco con el feto humano. La canción de Luis Miguel del bikini azul mientras estaba acostada sobre un columpio en el patio de juegos, sola, preguntándome sobre la letra de esa canción. Había verde, recuerdo una zebra, habrá estado en mi mente en aquel momento. Recuerdo pintar en la sala, el compañero que se orinó en la silla, pintar mi casa, por ahí aparece Chile, ¿qué era Chile para mí? Cordillera. Recuerdo el pasillo y este niño rubio de ojos azules al cual yo miraba escondida detrás de mis ojos, sabiendo que lo quería pero que yo era invisible para él. La primera sensación de invisibilidad. Recuerdo a mi madre estrujándose los senos para darnos de probar leche materna. Risas, expectantes, ojos de niños, senos desbordantes. Después de cuatro hijos y yo con 3 años. Ella aún tenía leche, era dulce y espesa. Recuerdo a mamá salir y volver del trabajo. También a ella en la televisión, en las noticias, un descontento popular por algo, ella hablando, un testimonio de la “gente” más. Recuerdo a mi tía Pepa con sus piernas deformadas por la elefantiasis y el sobrepeso. Recuerdo quererla mucho. Las noches, las bromas de mi hermano, el nacimiento de mi apodo Chula porque me orinaba en la cama. Recuerdo hacer una carta con mi hermana para papá Noel pidiéndose que no nos traiga mucho. Recuerdo a mi padre enojado, una zurra. Recuerdo otra casa, un departamento, un hámster y yo muy bebé, sin entender que el animal estaba defecando. Yo quería que saliera más de aquello y lo apreté hasta matarlo. Su cara mirándome mientras yo lo apretaba, sus dientes, sus ojos. Me asusté y lo lancé por la ventana. Ir al jardín y querer mirarle los calzones a mis compañeras y estar cerca de mis compañeros. El viaje con mi hermano y mi padre a la provincia. Ir por las cañas de azúcar y escuchar la advertencia de mi padre sobre no sacar los brazos afuera sino me lo iba a cortar con algo. Ir a un lugar en el medio del mato y mi padre diciéndome que no toque nada porque soy manitos de hacha. Manejando en la noche, pensando en el pez gato que pescamos, cabezón y con bigotes. Recuerdo un dentista de urgencia, dolor, sangre, hospital húmedo y campestre. Recuerdo bañarme en una poza grande de aguas turbias, lleno de mojarritas que son los anteriores a los sapos. Alguien las captura en un botella y al sol se ven nadando en el aire. Los lápices que se doblaban, los separadores de páginas de los libros, los cassetes de humor, Mazinger Z, las tetas de afrodita como misiles, el personaje que era mitad hombre y mitad mujer. Tardes mirando por la ventana, dándole color al montón de cola fría vertido en el marco de la ventana tiñéndolo con tierra y mezclándolo con un palito. Recuerdo pensar y pensar. El campo lleno de serpientes venenosas donde se aventuraba mi valiente hermano y sus amigos. Mis hermanas, mis cuidadores. Yo queriendo hacerme pasar por pordiosera junto a un amigo para entrar en las casas y pedir comida y cosas. Haberle robado plata a mi mamá y haber sido descubierta. Aquella fiestecita de algún compañero en que me senté sola esperando me fueran a buscar con mi trabajo del jardín en la mano. El cine y ver a La Bella durmiente y como cambiaba su vestido de color. Recuerdo Chile. Vamos a Chile, manejando con mi mamá, ¿dónde está Chile? ¿Cuánto falta para Chile? ¿Ya llegamos? ¿Cuánto falta para llegar?

 

Chile, la casa de mi abuela. Ella postrada, grande, vieja, pelo blanco, ida. A veces la sentaban el sillón y parecía más aquí, pero estaba allá. La cama en el que era el living. Todos los tíos en la casa, incluidos nosotros viviendo ahí. Apretados en la cocina. Comida árabe, palabras en árabe. Los garabatos. Chunchules, la bodega hedionda por días debido al lavado de las tripas. Mi mamá cayéndose en la piscina, barriendo la sangre que brotaba de su pie. El árbol de caqui. Los quesos guardados. Los masajes al tío José junto a mi hermana en su espalda peluda. Los 50 pesos de paga para ir a comprar dulces. Tu hermana tiene todo impecable para comer y mira tú el desastre. El Nesquick de frutilla. Caminar sola por la calle, comprar un helado con forma de cabeza humana con un peinado de mechas paradas, Pancracio se llamaba, se me cae al piso en mi aventura sola. Mi tía angustiada, yo volviendo sola a casa. Todo bajo control. Las películas de mi tío no aptas para niños. El hombre que asesinaba mujeres con inyecciones de ácido sulfúrico en el cuello. Mi primo molestándome insistentemente, haciéndome llaves de karate e inmovilizándome. La casa de mi tía Nura y el tío Juan. Nura siempre enojada y odiando a Juan. Juan como un juglar, con sus diarios amarillentos escritos en árabe, ¡se leen al revés! Su colección de películas antiguas, la de la plaga bíblica. Su pieza, su alegría, la música, “morena hinchada cabeza, cabeza hinchada morena”. El cuarto de mis tías, el cajón con maquillaje, cuántos tesoros, la comida, la famila. Todas durmiendo en una pieza, yo, mi mamá, mi tía Nura y alguna de sus hijas. Bajar por las escaleras de poto una y otra vez. El negocio de abajo atendido por Nura y saqueado por su hermana Icho que después redistribuía entre todos los niños. El chicle y el dulce que ella me daba. El queso, los helados zip zup.

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Otro


Puedes estudiar y leer libros, ver documentales y películas sobre aquello que te urge y atormenta, pero nunca va a haber entendimiento si no es a través de la conversación con un otro. Como consecuencia, es vital aceptar al otro y validarlo desde el amor, desde el amor como energia que permite los consensos y el avance entre los seres vivos. No importa a través de qué canal, si es físico o virtual, el otro es parte de tu propio sistema, tú eres yo y te quiero porque me permites conversar, rebautizarme y nacer denuevo.

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